Spiga

QUE J SE VAYA A LA MIERDA

Creo que J se ha hecho merecedora de este post. La otra noche salí con ella y su actuación me dejó menos perplejo que decepcionado. Para contextualizar diré que conozco a J hace años. Seis años, si no me falla el cálculo. En ese lapso, nos hemos besado un par de veces, pero nunca ha ocurrido nada auténticamente serio entre nosotros.

J siempre me ha gustado y ella lo sabe; y creo que hay cosas de mí que le atraen, pero que, supongo, le resultan insuficientes. Es en nombre de esa suerte de eventual química -y a pesar de que es una engreída fatal y de que se computa la penúltima chupada del mango- que de vez en cuando la invito a salir (y de cuando en vez, ella accede). Me resulta guapísima, no lo puedo negar, y si no he roto el débil contacto que nos une es porque tengo la secreta expectativa de una futura coincidencia sentimental. O mejor dicho, TENÍA la expectativa. Después de lo que sucedió el viernes, creo que J es un capítulo que debo cerrar, en el supuesto discutible de que alguna vez haya estado abierto.
La llamé con el pretexto de celebrar su reciente graduación. J es chef, prepara unos postres exquisitos y forma parte del staff de uno de los mejores restaurantes de Lima. Por teléfono, le dije para ir a tomar unos piscos a un bar de Miraflores. Aceptó, advirtiéndome que tendría que regresar temprano a su casa porque al día siguiente entraba a trabajar a las 8 a.m. Le aseguré que no habría ningún problema.
Tal cual lo planeé, la recogí, fuimos al bar y nos tomamos uno, dos, tres, cuatro piscos sours. De sauco, de granadilla, de maracuyá. La conversación estaba animada: intercambiamos chismes sobre amigos en común, canjeamos un par de risas y por ahí hasta un guiño medio coqueto. De no haber sido por un par de bostezos que J no supo disimular, diría que la estábamos pasando bastante bien. Tras el cuarto pisco -y con la espontánea finura por los efluvios alcohólicos provocada- la tenté para ir a bailar. Inesperadamente dijo que sí, olvidándose de sus responsabilidades laborales y alimentando mi ilusión acerca de las singulares satisfacciones que la jornada podía depararme. "Hoy la hago", auguré en la recóndita oscuridad de mi laxada conciencia.
Al final, después de pagar la cuenta (la cual, por cierto, asumí enteramente con los últimos estertores de mi tarjeta de crédito) montamos mi auto y manejé rumbo a la discoteca. Mientras caminábamos, viéndome acompañado de una chica tan guapa, me sentí un tipo con suerte. Y fue con ese aire de bacanería que hice mi ingreso estelar por las escaleras del local. No me importaba haber tenido que pagarle la entrada a J. Esta era mi noche y si tenía que invertir en ella, pues lo haría sin remilgos de ningún tipo.
Una vez adentro, nos ubicamos junto a la barra principal. Le invité a J una cerveza, y de pronto se le ocurrió fumar. Menciono ese detalle porque fue a partir de él que se desencadenó toda mi nocturna desgracia de fin de semana. Como yo no fumo, nunca cargo encendedor, así que encontré normal que J buscara entre las personas cercanas a alguien que gentilmente quisiera prestarle el suyo. Fue en ese instante que apareció la diligente mano de un tipo X que, no contento con prender el cigarro de J, empezó a conversarle. No me pareció raro: quizá ella le resultaba conocida o tal vez la confundió con otra persona. No había que ser mal pensado. Además, estaba claro que J había venido conmigo, así que esa charlita incipiente tenía que ser finiquitada en cualquier momento.
Pasaron cinco minutos y la situación no cambió. Evalué velozmente la posibilidad de insinuar mi incomodidad con alguna señal (no sé, un carraspeo, una tos compulsiva, un falso estornudo), pero justo ahí me encontré con un amigo, Álamo, que con su presencia me ayudó a disimular lo que en ese instante era solo una circunstancia adversa pero que estaba a punto de convertirse en un papelón redondo. Improvisé con Álamo un diálogo de lo más banal, mientras con el rabillo del ojo vigilaba a J, que a esas alturas parecía estar sumamente interesada en prolongar indefinidamente el encuentro con el simpatiquísimo y comedido sujeto del encendedor.
Traté de aplacar mi iracunda desazón pensando que a lo mejor la pobre J no sabía cómo quitarse de encima al fanfarrón ese, y que en el fondo lo que esperaba era que yo me acercara para rescatarla de ese trance. Sin embargo, cuando vi que ella se reía como no se había reído en toda la noche y que le daba al invasor todita la pelota que no me había dado a mí en todos los seis años que la conozco, enfurecí de rabia (o si prefieren, monté en cólera).
Di un par de vueltas por el local para tomar el aire que la indignación me estaba quitando, pero cuando regresé al escenario del crimen me percaté de una escena que marcó el colmo de lo soportable: Mister X estaba tomándose, muy campante, la cerveza que yo -Don Pepelmas- le había comprado a J apenas llegamos. "Esto es humillante: le estoy financiando la juerga al maldito usurpador", desvarié.
Imaginarán lo completamente relegado y ridiculizado que me sentí. Lo peor de todo es que J la estaba pasando genial, así que no tenía ningún sentido que yo interviniese. ¿Qué podía decirle? ¿Recordarle que habíamos venido juntos? ¿Echarle en cara los varios piscos que le regalé, amén de la entrada a la discoteca de la que ahora solo quería escapar? ¿Decirle que era una canalla, una chupasangre, por consentir tamaño maltrato? Si lo hacia, me hubiera coronado inmediatamente como el imbécil del siglo.
Me refugié en una esquina por un momento, soportando las arcadas que me producía el hecho de recordar que había sido precisamente yo quien insistió en que vayamos a bailar a ese lugar esnob, atorrante y caro. Sin valor para despedirme de J, huí del local, atravesado por una trepidante sensación de estafa y una incurable sed de venganza. Sentía que había hecho todo el trabajo sucio y que era otro el que se estaba quedando con las regalías. Sentía que había escrito el libro y que era otro el que cobraba los cuantiosos derechos de autor. Sentía que había corrido toda la cancha y sudado la camiseta y que era otro el que anotaba el gol del triunfo. Me costaba reconocerlo pero la verdad era una sola: era un loser, un perdedor en todo su baboso apogeo.
Triste como estaba, hice lo único que queda hacer en estos casos: llamar a un amigo para vomitarle todo tu despecho. Llamé a mi amigo Alfonso (el ilustrador de este blog). Eran las 3 de la mañana. Él me rescató, me invitó unas cervezas y me llevó a comer un restaurador salchipapas al Glotons, uno de esos restaurantes al paso que brillan con luz de neón en la madrugada de Lima. Alfonso me vio emborracharme, me oyó repetir una y otra vez la misma cantaleta, manejó mi auto y me hizo dormir en el sillón de la sala de su departamento. O sea, me salvó la vida.
Cuando me desperté, recapitulé, paso a paso, cada uno de los eventos de la noche y me encolericé por haber interpretado, tan soberbiamente, el papel de tarado. La culpable unánime era J. La guapa y tramposa J. A ella --tan querida, tan odiada-- va dedicado este post.

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